3.10.09

Cultura popular

Creo que leerse un libro, un libro serio, antes era una cosa y ahora es otra. Cuando no había cómics, ni cine, ni canciones de rock debía de ser más fácil ponerse a leer. Pero hoy, con todos esos ruiditos, colorines y cosas que se mueven, prestarle atención a un objeto pequeño, quieto, mudo y en blanco y negro es un acto de voluntad. En fin, para qué dar más vueltas; soy una pésima lectora de libros.

Aun con todo, es muy dificil pillarme sin un libro, un libro serio, dentro del bolso, y más cuando presiento que el día va derecho a una sala de espera, como hoy. Porque una quiere instruirse y cultivarse, conocer lo que a una se le supone que conoce y, no sé, hacer aprecio a la gran suerte que es tener semejante legado cultural al alcance de la mano. Pero, por desgracia, hay una cosa que tienen en común todas las salas de espera del mundo: revistas del corazón. Y en menos de dos segundos se me han ido las manos detrás del papel couché rosa chicle, lleno de huellas dactilares grasientas acumuladas desde octubre de 2007. Sí, encima estaba caducada. Pero ¿qué son esos dos años comparados con los cien de mi libro de poemas de Rilke? Además, acabo de saber que Rilke era un tipo insufrible.

Y así es como he ido a parar a la increíble historia de amor de Seal y Heidi Klum. Ella: rubia, guapa y en la cresta de la ola. Él: negro, con secuelas de Lupus y olvidado por el gran público. Se acuestan. "Tengo que decirte algo: estoy embarazada." "¿Ya?" (Sin haber salido de la cama.) "No, imbécil, de otro." Y él dice que sin problema, que lo criará como a su propio hijo, y ella se queda embarazada de él dos o tres veces más. Y son felices todos juntos. Y hasta hoy.

Yo tenía las pupilas diluidas en el techo, como dos huevos fritos con la yema rota, y pensaba en lo fáciles que son a veces las cosas cuando me han dicho que ya podía pasar.

(La ilustración es de Sonia Pulido y se llama "Días de radio".)

18.9.09

A por el loco

Segundo jueves de septiembre: las galerías de arte disparan nueva temporada, todas a la vez. La ciudad se pone espléndida en la tarde, pero a mí me invaden las ganas de rastrear cloacas. ¿Qué gracia tienen los valores seguros? Hay que ir a por el loco, me digo, igual que hay que ir a por el pan.

Nada mejor que una sala pequeña en una calle pequeña. Nada mejor que una pintora que aún es camarera. Nada mejor que una loca que no es de aquí, ni vive aquí, ni le gusta esto. Una que no quiere ser famosa, ni siquiera fichar por una gran galería. Una joven kamikaze con un chaleco lleno de bombas.

Dan las nueve. Empieza la música. Irene se enfrenta en directo a un lienzo en blanco. Setenta personas esperan un milagro. Ella mira el rectángulo virgen, sin ninguna prisa, durante un par de incómodos minutos, antes de coger un pastel rojo y titular la obra: “La vida”. Luego se agacha y coge un pan redondo de cuarto, lo unta con pegamento y lo sostiene contra la tela durante un minuto para que se fije bien. Se agacha de nuevo: y otro pan. Lo pega también. Lo aguanta lo suyo. Coge el tercero y ya tenemos tres en raya, pero entonces cuatro personas se levantan y se van. Sexto y contando. La miro de espaldas con el brazo estirado y el décimo pan en alto, por encima de su cabeza de nuca despejada, y tomo conciencia de que estoy pasando el jueves en una galería para guiris viendo cómo una tía de 26 años pega hogazas sobre un bastidor. Un perro y su dueña abandonan la primera fila molestándonos a todos. La chica de delante decide irse y tira de una patada una lata de cerveza que se derrama en el suelo. Hasta cuatro personas le ofrecen pañuelos de papel. A mí me ofrecen un chicle mientras Sonia me explica que Schiele y que el Fluxus. Se retiran otros diez. El sonido del show, ahora, se compone de gemidos, alaridos y gritos histriónicos de mujer, a un volumen muy alto. Me siento como si viera a mi abuela atracar un banco disparando mandarinas, me río para mis adentros y deseo que el sinsentido se alargue toda la noche, sobre todo porque el público que ha llegado al pan 14 ya no sabe dónde meterse. Ah, me encanta estar ahí.

-Son cuarenta y ocho –me dice el de detrás.
-¡¿Cuarenta y ocho?! ¿Cómo lo sabes? –me intereso sin quitarle ojo al cuadro y reprimiendo las ganas de llevarme los dedos a la boca para silbar.
-Porque acabo de volver con ella de la panadería –me contesta, y nos reímos juntos.

Pero, para mi desgracia, Irene se para en el 26 y se lía a escribir frases de la Biblia hasta que llega abajo. Un salpicón de pintura oscura sobre los panes da por terminada la obra, y sólo entonces la chica retira con decisión, de una en una, las telas negras que ocultan el resto de cuadros de la exposición. Gran aplauso. Irene abraza a su novia deejay y sonríe ampliamente mirando al suelo. En realidad nadie ha entendido nada, pero eso es lo de menos. La mayor ventaja de ver a alguien haciendo exactamente lo que le apetece es que el resultado siempre es incomparable, perfecto en sí mismo. Y es como si en toda la tierra no existiera nada más.

-Tía, los tienes cuadrados -le digo más tarde.
-Calla, que me duele mucho el brazo.

2.9.09

Sin lugar para sufrir

Estos días he estado en Huesca, visitando el pueblo de mi padre cuyo censo no llega ni a cien habitantes. Y el pasado lunes, por primera vez, entré en el cementerio, un patio desangelado y pequeño con un par de chopos y algunas particularidades: nunca se cierra con llave (total...), los nichos son desiguales entre sí (porque a nadie se le ocurrió usar un metro antes de empezar a poner ladrillos), y hay una correlación casi exacta entre la vecindad de las casas y la proximidad de las lápidas, es decir, que los que son vecinos en vida también lo son después de muertos. Como en un gran tablero vertical de Monopoly. El lugar, en fin, infunde poco respeto y todavía menos miedo.

Mi tía, mi prima y yo constituíamos esa tarde una bonita estampa costumbrista, comiendo higos en el huerto, cuando vimos a mi padre entrando en el camposanto con una escalera larga. Intrigadas, dejamos los higos y fuimos tras él a ver qué se proponía, no sin antes llenarnos los bolsillos con las almendras de un árbol próximo a la puerta.

Y ahí lo encontramos, sobre la escalera, en el primer muro entrando a mano izquierda, midiendo con normalidad de ensayo general (no podía recordarme más al cuento "Simulacros" de Cortázar) el nicho más alto de la última columna de la derecha: el suyo. Mientras, mi tía y mi prima recorrían por enésima vez la ruta de los restos familiares, y yo concentraba mis esfuerzos en buscar una piedra suficientemente grande capaz de cascar las almendras. Después de bregar un rato sentada en el suelo, fui hasta mi padre, que seguía encaramado con el lápiz en la oreja, y le ofrecí un montón de frutos pelados con la mano abierta. Él cogió un par o tres y aprovechó para pedirme que sujetara el metro; quería dejar hecha una placa a medida con nuestros apellidos grabados. El hombre es herrero desde que recuerda y, por lo que parece, lo va a ser hasta el fin.

"A mí que me entierren en el huerto", dijo mi prima ya saliendo. "¿Con los tomates, con las judías o debajo de la higuera?", le pregunté, socarrona. "Donde menos moleste", contestó ella sin darse más importancia.

En la calle nos esperaba mi tío con dos preguntas más bien retóricas: qué coño habíamos ido a hacer al cementerio y si alguna vez iba a ser posible cenar a la hora en aquella casa.

24.8.09

Pretérito imperfecto

¿Por qué tiene que llegar un día en que lo que siempre nos gustó deja de hacernos gracia? El arroz con leche, Vincent Vang Gogh, el bar de la esquina, los conciertos de punk rock... Un año más, y nada es lo mismo. Ya no me gusta ni Baudelaire. ¿Será que no morimos una sino muchas veces (después del último arroz con leche) y será que nacemos en varias ocasiones (con el primer mel i mató)?

Quizá sea ésta la única manera de que las cosas pasen: que al final pasen de largo. Igual quemar las naves cada cierto tiempo sea la única manera válida de existir.

Ayer volví a morir: antro, alcohol, baile, concierto. El cantante se acercó a ligar y pagó una ronda. Visité el camerino y cargué una Gibson hasta la furgoneta. Y mientras mi amiga y la banda hacían planes de madrugada, salió de mi boca un enorme bostezo. Chicos, yo me voy.

Dos manzanas más tarde, justo cuando empezaba a notar que me dolían los pies, el chico, que me había alcanzado corriendo, se avalanzó sobre mí sin pedir permiso. En sus ojos ponía: "la cocaína pasó de moda". Luego, mirando al suelo, pensé que era la última vez que aquellas zapatillas pisarían la ciudad.

Cuando uno, por fin, consigue abrir los ojos, tiene la obligación de dejar de perpetuar el horror.

(Imagen de La Felguera.)

16.8.09

Lo que de noche se hace

Existen muy pocas cosas en la vida que sean más evocadoras, sugerentes y llenas de posibilidades que las noches centellantes del mes de agosto. Las perseidas, la luna y hasta las luces de los semáforos tienen la culpa de que no me apetezca nada dormir a estas horas. Así que me doy una ducha a las tres y media, corto una rodaja de sandía a las cuatro menos diez, y pienso en ir a dar una vuelta en cuanto acabe de teclear lo que sea que tenga que dejar aquí escrito.

Sé que esto no está bien. Vivir de día y dormir de noche es una de las pocas normas no escritas de carácter universal y por algo será. Mi abuela Fabiana decía: "lo que de noche se hace, de día se ve", con lo que advertía de que al final lo único que cuenta es lo que piensas de todo al día siguiente (aunque ese "todo" significara una sola cosa). Como sea, estas muestras de comunión entre sabiduría de aldea y pensamiento global me calan muy hondo, más cuando mañana es el cumpleaños de mi mejor amiga y me gustaría pasarlo despierta. Así que nada de meterme en la cama con los primeros rayos de luz. A las ocho de la tarde mataré por un colchón, claramente, pero quizá sea el principio de mi vuelta al mundo de los vivos y reencuentro con la realidad, para lo bueno y para lo malo.

Muchas felicidades, Sara.

(Foto de W. Eggleston.)

9.8.09

Post adolescente lamentable

Un cuarto de hora después de ver esto, en cuanto se me ha pasado el primer ataque risa, he entendido lo del sábado pasado. (Para ser sinceros primero he pensado: "Hay que ver cómo van estos de eme" y después me he acordado de una canción de Ultraplayback llamada "Mal dance"; pero luego sí, lo he entendido y se me han quitado las ganas de chistes.)

El sábado, decía. El sábado acabé en una fiesta de rebote. Una de esas cenas en la terraza de alguien a la que nadie te ha invitado directamente. Qué queréis que os diga; que iba en buena compañía, que no tenía nada mejor que hacer y, bueno, supongo que media docena de cervezas podrían redondear el argumento. Todos los que estaban allí eran amigos o parientes de un famoso local, también presente, y yo pronto me lié con las sardinas a la brasa, la gente y una cuantas cervezas más. Todo estupendo hasta que solté un comentario (innecesario del todo) que me relacionó con el periodismo, a partir del cual el famoso no volvió a dirigirme la palabra. Al irse, se despidió de todos menos de mí.

Hasta hoy no había entendido nada. Pero ahora caigo en que si, como ya dije, los escritores son unos pusilánimes, los periodistas/críticos culturales son unas sanguijuelas. Como en el vídeo de arriba, todos acudimos donde sea que alguien se lo pasa teta, a quedarnos con el rollo, a llevárnoslo por la cara, a apuntarnos el tanto o a ver si se nos pega, normalmente sin aportar. Aparecemos cuando algo empieza a ir muy bien o muy mal, o sea, que llegamos cuando en realidad ya no hacemos ninguna falta.

Hace ocho años dejé la psicología porque, sobre todo, no quería convertirme en une voyeuse de la vida. Pero aquí me tenéis, vuelta a caer del mismo peral y sin saber todavía para qué cuernos me levantaré algunos días de la cama.

(La foto la he raptado de aquí.)

6.8.09

La contrarréplica


"Tú fuiste hippie. Nosotros no tenemos valores y vosotros sí.
Pero vosotros habéis fracasado en vuestra revolución
y por eso nosotros somos nihilistas y pragmáticos.
Te lo he explicado ya muchas veces, papá.”


Silvia Abascal a Tito Valverde en “Pepa y Pepe”, cap. 2.


La primera bofetada de mi vida me la dio Mónica a los 7 años de edad, ya no recuerdo por qué. Ella misma fue quien me dijo, con sólo 8 años pero más que consciente de estar aniquilando mi infancia, que los Reyes eran los padres. Cuando teníamos 9 cogimos piojos a la vez y, a pesar de aquel champú atroz que nos dábamos a diario de rodillas y con los pelos volcados en la bañera, tardamos más de dos meses en despiojarnos porque cuando una se los quitaba de encima la otra, medio en broma me dio en serio, se los volvía a pasar. Debíamos de tener 10 cuando hicimos nuestra primera pintada callejera y empezamos a robar en la tienda de caramelos. Con 11 descubrimos qué era un condón profanando el cajón de los calcetines de su padre. Y con 12, ya calzadas con deportivas de marca, adoptamos, bautizamos, discutimos la custodia y abandonamos en la misma tarde a un pobre gato que pasaba por ahí.

Mónica era capaz de las bromas más crueles porque no conocía la mala conciencia, pero yo podía dejar de hablarle durante todo el tiempo que hiciera falta hasta que me pidiera perdón, sin dejar de jugar en su mismo grupo durante el recreo o incluso caminando a solas con ella por la calle, del colegio a casa y de casa al colegio durante días y hasta semanas. Fuimos todo lo que nos dejaron ser: egoístas, caprichosas, presumidas, orgullosas, irrespetuosas, impulsivas… La misma basura posmoderna, por mucho que a los 13 mis pósters fueran de Guns’n’Roses y los suyos de New kids on the block.

Mónica acaba de ser madre y ya tengo ganas de conocer a David. Pero no puedo dejar de preguntarme cuál va a ser nuestra contrarréplica.

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