
Pasar año y medio sin identidad no es ninguna tontería, y mi caso respondía al deseo de paz y de olvido. Por eso, porque cree el ladrón, he mirado fijamente a los desaparecidos tratando de averiguar si alguno no estaría en esa pared por vocación pura y dura (como en el párrafo 15 de aquí).
Pero no he tenido tiempo de intimar con ellos, porque de reojo he visto un hueco prometedor y me he sentado en una mesa vacía. Nadie me ha pedido el número. No me ha hecho falta pronunciar ni una palabra. Ni siquiera me han multado por la demora (me lo hubiera tomado como un reconocimiento personal). Diez minutos después, volvía a respirar polución bajo el bonito sol invernal, y tomaba el camino a casa con la certeza de llevar en el bolso una auténtica castaña.
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